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¿Cómo sobrevivir sin las dos mujeres de mi vida?

Ayer, fue un día emblemático, un día violeta. Ayer, fue el día de la mujer.


Estoy muy enamorada del sexo femenino. Me encanta la fuerza, el poder, la confianza y delicadeza que transmite. Amo la diversidad entre mujeres, amo la autenticidad de cada una. Simplemente tengo una gran admiración, por lo que han hecho, hacen y harán por el mundo; por lo que son, y por lo que significan. Y creo que, a raíz de todo eso que siento, he terminado por anhelar, no una, sino dos mujeres en mi vida.

Una de ellas es la que todos tenemos en común. Es alguien que, a bien o mal, es parte de nosotros de por vida. Es alguien que, no solo te ha dado la vida, sino que además ha querido que esto fuera así. Tan solo por eso, ya es fácil sentir orgullo y gratitud.

Siento pena de mi yo preadolescente que se avergonzaba de que sus amigos la vieran con su madre. Ojalá hubiera dejado apartado ese lado infantil para disfrutar de ella un poco más. No entiendo por qué todos hemos sentido vergüenza. ¿Vergüenza de qué exactamente? Pero bueno, supongo que es algo que solo llegas a entender con el tiempo y con la madurez.

Cuando crecemos, nuestra madre ideal, nuestro modelo a seguir, suele coger otro camino diferente. Con esto quiero decir que, o bien deja de ser la persona a la que admiramos, o bien lo sigue siendo cada día más. Y no hay nada de malo en ello… siempre y cuando no pierdas ese vínculo madre e hijo. Siempre y cuando no olvides que tu madre lo será de por vida. Por eso, hoy que ya no tengo madre a la que idolatrar; recuerdo su presencia que, inevitablemente, siempre me hace sonreír.

La segunda y última mujer de mi vida es alguien a quien no conozco desde hace tanto tiempo, pero con quien comparto vivencias y experiencias tan numerosas como si de una madre se tratase. Es de esas personas que te atrapan desde el comienzo y de las que muy difícilmente te desprendes. Pero no porque te aten, sino porque no quieres que se vayan. Con esta mujer he vivido muchas primeras veces. Algunas muy buenas, y otras no tanto. Sin embargo, ambas memorables. De las malas aprendí y de las buenas disfruté. De hecho, disfruté tanto que decidí que no quería que acabasen nunca. Decidí que siempre y cuando las buenas ganasen a las malas, me encantaría continuar teniendo muchas nuevas primeras veces.


Echo mucho de menos esas experiencias de las que hablo, pues la distancia se encarga de hacer un buen trabajo. Pero, así como separa, también une. La distancia, con los amores de mi vida, solo es una prueba más del verdadero significado de la palabra amar.




 
 
 

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