NO ME HACE FALTA IRME
- Melanie Mena Kuchimpos
- 7 jun 2021
- 3 Min. de lectura

No podemos sobrevivir sin familia o, mejor dicho, vivir
No he necesitado irme para valorar lo que tenía. No necesité alejarme 2022,1 kilómetros de mi padre para extrañar su presencia, aunque discreta, necesaria. Tampoco para echar de menos a mis cuadrúpedos, ni a mi otra mitad, ni a mi alma gemela. Sin embargo, aunque ya sabía lo que había, aunque ya era consciente de lo valioso que era lo que poseía, no impidió lo inevitable, la tristeza de no tenerlos cerca.
Y, aunque todos hayamos buscado nuestro hogar, seguimos siendo familia. Yo, en Madrid, mi padre y hermanos, en Canarias y mi madre, en un presunto “cielo”. Por otro lado, está el hogar de mi familia extensa, en Argentina. Que, aunque apenas conozco, tengo cariño. Pues sé que cuidaron muy bien de mis padres y me acogieron con amor cuando nacimos mi hermana melliza y yo. Finalmente, todos nos unimos con un mismo motivo, una sangre que lleva los mismos valores y genes dentro, una simple regla de consanguineidad.
Es impactante saber que no podemos vivir sin ellos, sin nuestra familia. En este caso, a la que más quiero: a la nuclear, cuyo significado es mucho mayor del que aparenta. El núcleo del hombre es su corazón, de ahí creo que sale ese nombre, que le hace más que justicia, otorgado a este tipo de familia. Por ello, como si se tratase de un órgano tan vital como el corazón, no podemos vivir sin el apego a los demás. Y cuando digo esto, no solo hablo de poder vivir sin nuestros padres, hermanos… también hablo de nuestra otra familia, la que escogemos: parejas, hijos… Bien sea familia nuclear o de elección, los llevamos con nosotros y ellos a nosotros.
Te he hablado sobre lo que tengo, pero aún no sobre lo que quiero tener. Por desgracia o fortuna, no podemos decidir nacer en una u otra familia de origen. Crecemos y aprendemos de lo que hemos mamado en nuestra infancia. Con ello, podremos escoger de forma “libre” a la que queremos que sea nuestra otra familia. Digo libre con comillas porque a pesar de creer que lo somos, estamos evidentemente condicionados por lo que nos enseñaron los de origen.
Sin embargo, a mí no me importa esta limitación, me gustan los valores que me han transmitido mis padres, y tengo pensado cambiar aquellos que no me han gustado tanto.
Pienso en amar a la persona que tenga al lado, respetarla y disfrutar simbióticamente de ella. Sobre todo, pienso en aprovechar ese vínculo de afinidad para hacer de esta nueva creación un éxito rotundo. Aunque considero que ya tengo claro con quien quiero empezar a construir mi familia de elección, aún no sé con certeza con cuantos miembros estará compuesta. Me gustaría que estos fueran educados de forma democrática, donde reine el diálogo y la autoridad, pues veo esencial la comunicación en cualquier tipo de relación humana, y la autoridad o posición de jerarquía entre padres e hijos. Aunque, eso es lo que me gustaría, en la práctica, soy consciente de que mi pareja y el factor condicionante de nuestras familias de origen jugarán un papel fundamental.
Esta es la mía, en la que nací y la que tallaré a posteriori. Pero, la encontramos presente en todas sus formas y culturas unidas por un mismo motivo: sobrevivir, o, mejor dicho, vivir.
Comentarios